El Equipo sin Alma (epílogo)

El Equipo sin Alma (epílogo)

 

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Por primera vez en la historia de la ciudad de Madrid, se produjo un recibimiento oficial a un equipo. A las diez de la noche del lunes, junto a más de diez mil madrileños, el Alcalde Pedro Rico acudió a la Estación de Mediodía a recibir al Madrid. A los sones del Himno de Riego los jugadores descendieron del tren que, una vez más, les traía de Barcelona. Hubo discursos y felicitaciones y desde allí, la expedición madridista, marchó hasta el Paseo de Recoletos donde el Club tenía su sede. Y, desde el balcón, Ricardo Zamora pudo arengar a los madridistas que abarrotaban el paseo. Los festejos y homenajes, que incluyeron banquete organizado por el Club a precios populares, se extendieron durante una semana.

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Pronto volvería a ganar el Madrid el Campeonato de España. Esta vez, en Mestalla, al Barcelona. A cuatro minutos del final, jugando el Madrid con diez y ganando 2-1, Zamora en una gran estirada detuvo un disparo de Escolá que entraba pegado a la base de su palo izquierdo. Aquel balón blocado abajo mientras levanta nubes de polvo en el secarral de Mestalla, sería a la postre la última parada de Zamora. Era 21 de junio de 1936. El día que muere la Primavera.

Equipo del Madrid en la Final de Copa de 1934.

 

Dedicamos este relato a Juan Marrero Pérez “Hilario”, interior. Menospreciado algunas veces por la crítica, fue héroe del Campeonato de España de 1934. Aún hoy, de forma inexplicable, no existe referencia alguna a Hilario en la página web del Real Madrid C.F. Uno de los nuestros.

 

 

Notas a las ilustraciones del Epílogo

 

1)     Recibimiento al Madrid en la Estación del Mediodía (Atocha)

2)     Ante la sede del Madrid en Recoletos.

 

Todas las ilustraciones pertenecen a la Hemeroteca del diario ABC

 

El Equipo sin Alma (y IV)

El Equipo sin Alma (y IV)

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Despachó el Madrid la vuelta de las semifinales con una faena de alivio, o quizá fuera que a Juan DEPORTISTA, al que seguimos en las crónicas de Chamartín, no le gustaba demasiado este equipo, al que hacía quince días había bautizado “el equipo sin alma” tan injustamente como demostraron los acontecimientos que sucedieron al empleo del epíteto, y estaría más a gusto con once madrileños rasos en la alineación.

 

 

Bajo una lluvia torrencial se adelantó el Betis a cinco minutos del final de la primera parte. Dos goles de Samitier en el segundo tiempo, el primero al recibir un balón que, despejado por el medio Larrinoa, rebotó en el árbitro Vallana, y el segundo rematando de tiro cruzado un pase de Hilario, sirvieron para que el Madrid resolviera a su favor la contienda.

 

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Para sorpresa de propios y extraños, en el campo de Buenavista, completamente encharcado, el Valencia, que a punto estuvo de perder el partido de ida en Mestalla, ganó 1-3 al favorito Oviedo, una de las mejores líneas de ataque del campeonato, en la que jugaba Lángara. Todos los goles llegaron en la segunda parte.

 

Madrid y Valencia estuvieron inmediatamente de acuerdo en que la Final del Campeonato de España se jugara en Barcelona. La considerable diferencia de distancia entre ambas capitales y Barcelona constituía, en aquellos tiempos, una sustancial ventaja del equipo levantino a la hora de desplazar seguidores a la final.