Comunicado Nº3 – 08.01.2013

mourinho

Los miembros de Primavera Blanca hemos asistido con desconcierto y preocupación al desproporcionado impacto mediático causado por las últimas decisiones deportivas del entrenador del Real Madrid, concretamente la de sentar al portero que desde hace muchos años viene siendo titular en el equipo. Resulta desolador este nuevo invento de la prensa deportiva de mediatizar, con feroz virulencia y enorme descaro, a la afición madridista (no es de recibo titular a toda portada que el técnico ha hecho el ridículo por ejercer su primera obligación, que es escoger a los jugadores que considera más aptos). Sin embargo, tales campañas asustan ya poco por lo reiterado: lo realmente preocupante es observar cómo, según pasa el tiempo, los jugadores van logrando una mayor ascendencia entre los aficionados (si bien con ayuda fundamental de esta prensa a la aludimos), hasta el punto de que la fidelidad a determinados futbolistas iguala o supera la que se profesa al propio club.

Cuando Santiago Bernabéu decidió prescindir de Alfredo Di Stéfano en 1964, a ningún aficionado del Madrid se le habría pasado por la cabeza lucir los colores del Español, club que recibió al argentino. Tampoco se vieron en las gradas del coliseo blanco camisetas del Atlético Celaya cuando Míchel y Butragueño ficharon por ese club mejicano, o del Rayo Vallecano cuando se marchó Hugo Sánchez; todo ello habría sido visto con extrañeza. No obstante, en los últimos tres años se ha observado el fenómeno chocante de varios cientos de aficionados madridistas acudiendo al estadio con la camiseta de otro club, alemán para más señas, en el cual había recalado un destacado ex-delantero madridista. Es necesario plantearse hasta qué punto llega la entronización de un jugador por parte de los medios –a menudo cuando ya ha quedado muy atrás su mejor momento deportivo- para que socios madridistas prefieran lucir una camiseta distinta a la de su propio equipo.

Nos encontramos ahora en una tesitura más grave, con la citada suplencia del portero y capitán del Madrid. Si no dudamos que una mayoría (que siempre es silenciosa) comprende o como mínimo respeta esta decisión del entrenador, muchos aficionados y socios parecen incapaces de verlo como lo que es, una decisión técnica que forma parte de los deberes (y derechos) más básicos de cualquier entrenador fútbol (siempre que su club no sea una auténtica casa de locos). Incluso para quienes piensan que no existe mejor portero para la meta blanca que el actual capitán (no es el debate que aquí planteamos), resulta innegable la afirmación de nuestro míster: “no se puede vivir en zonas de confort permanentes”. Efectivamente, cualquiera con una mínima comprensión del deporte profesional entiende que los puestos asegurados y la ausencia de competencia acaban siendo casi siempre terribles lastres para el jugador y el equipo.

Que un entrenador siente a un jugador que, por el motivo que sea, considera que no está contribuyendo óptimamente al funcionamiento del grupo, no es ningún escándalo, ni un desafío, ni una falta de respeto. A un futbolista pueden asegurársele equidad, consideración y cariño; la titularidad, nunca. Por ello, obviamente sin menoscabo de la libertad de expresión, exhortamos a los socios madridistas a respetar las decisiones tomadas por José Mourinho, especialmente considerando que requieren un considerable valor personal y un decidido afán de independencia. ¿Dónde piensan los aficionados que el otro día le silbaron que encontraremos a otro técnico con la suficiente personalidad para hacer en todo momento lo que considera correcto? Dichos silbidos, si bien no mayoritarios, sí demuestran lo preocupante del citado culto al jugador.

Con eliminatorias decisivas a la vuelta de la esquina, resulta imperativo un apoyo decidido tanto al entrenador como a todos los jugadores que disputen minutos, pues es de todo punto incomprensible que el sábado se pitara a un portero que salía a defender a su equipo con la mejor disposición y que, no lo olvidemos, es tan canterano como aquel al que sustituía. Estos silbidos arbitrarios y ruines sólo pueden calificarse como de auténtico puñetazo en la línea de flotación del equipo.

Abundando en esto, el respaldo al entrenador resulta fundamental para recuperar una jerarquía de arriba hacia abajo, no al revés, como ha venido sucediendo en los últimos años. Sólo con una adecuada estructura deportiva, realizando planificaciones a largo plazo y confiando en las decisiones del máximo responsable deportivo, como puede instaurarse una dinámica permanente de éxito en el Madrid. Por supuesto, este llamamiento va especialmente dirigido al presidente, que cometería un trágico error dejándose influir por campañas cuyas únicas metas, como siempre, son la desestabilización y el control bajo cuerda de nuestro club.

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